Cine

The Leftovers

«For whoever is joined with all the living, there is hope»

Yo iba para persona feliz, pero un buen día me crucé con esta serie y desde entonces vivo con el corazón en un puño. La semana pasada se cumplieron tres años del final de The Leftovers, cuyo punto de partida se ubica también tres años tras la Marcha Repentina, con lo que no se me ocurre una efemérides mejor (exceptuando, quizá, el 14 de octubre) para escribir unas palabras sobre esta historia, que fue saludada por la audiencia con un desdén absoluto y que arrastra el injusto estigma de ser aleatoria y peñazo.

Empecemos por el principio: esta serie es una adaptación de Ascensión, un libro de Tom Perrotta, quien en un momento dado se asocia con Damon Lindelof para adaptarlo a la pequeña pantalla, ambos con el rol de productor y guionista. Durante las tres temporadas, Lindelof y Perrotta mantienen un tira y afloja en el desarrollo de los acontecimientos: racional y mundano cuando la cuerda se vence hacia el lado de Perrota, para quien la realidad fría y aséptica induce la carga dramática que necesita la serie, y fantástico cuando se vence hacia el lado de Lindelof, que acompaña la intensidad emocional de los personajes dibujando una trama fantástica al nivel de la expresividad de estos, un estilo que a priori pudiera parecer recargado pero que sin embargo funciona y arrolla como un tren el estado anímico de cualquier espectador con mínima capacidad empática.

La trama de la primera temporada, supongo que por ser la que abarca el relato del libro (que termina en el mismo punto aunque de manera muy diferente), es terrenal. En las dos siguientes se hace notar, tanto por la inventiva como por la calidad narrativa, que Lindelof está al mando; es entonces cuando empezamos a ver los mimbres del mundo mágico que dibuja y que serán desarrollados más adelante. La idea original era que la serie durase cuatro temporadas, de diez capítulos cada una. Cuarenta es un número poderoso en la Biblia, y dado que esta tiene una influencia capital en la trama y la construcción de los personajes, se puede inferir que la idea inicial de Lindelof era cuadrarlo todo hasta ese punto. El bajo índice de audiencia, sumado a la dificultad de cerrar el rodaje de la tercera temporada con varios de los actores principales, que estaban inmersos a la vez en otros proyectos, terminó haciendo que Damon redefiniese el final de la serie, acotándolo a ocho capítulos. Quién sabe si, de no haber estado obligado por las circunstancias, hubiese recaído en los vicios de Lost, esto es: un reguero agobiante y repetitivo de falsas pistas e historias entrecruzadas hasta lo imposible. Lo cierto es que a la postre, aún sin saber cómo hubiera sido de otro modo, uno termina por agradecer ese contratiempo, ya que es difícil imaginar un final mejor para esta historia que el que ha tenido.

La trama comienza tres años después de la Marcha Repentina, aniversario en el que se recuerda a las víctimas de la partida súbita en el llamado Día de los Héroes, y pone su foco en Mapleton, un pueblo de Nueva York. Poco a poco, a través de los Garveys, vamos haciéndonos con los elementos clave de esta historia: el Remanente Culpable, el Santo Wayne, y, como personajes redondos por antonomasia, los hermanos Jamison. Matt en inicio no es un personaje luminoso; se le muestra como un ser cargado de resentimiento que rechaza interpretar la Marcha Repentina como una Ascensión, pues de ser así él cree que habría estado entre los elegidos por su labor de cura devoto e intachable, de modo que prefiere pensar que ha sido un castigo divino y justifica su pensamiento repartiendo panfletos en los que divulga trapos sucios sobre los desaparecidos. Nora, por su parte, vive anclada en el fatídico 14 de octubre y mantiene su hogar como aquel día esperando a que sus hijos y su marido vuelvan. No es hasta que Wayne se cruza en su camino y evidencia su actitud de autosabotaje que retoma su vida y su rol de alfa. El sexto capítulo, dedicado a ella, es con diferencia lo mejor de la temporada.


De un modo u otro, en los diez capítulos están presentes los mismos temas: la pérdida y la fe, cómo cada personaje asume la una e interpreta la otra (o cambia esto último a partir de la pérdida que hayan sufrido). La incertidumbre ante el hecho de que no se trata de una pérdida como tal, sino que no se sabe qué ha ocurrido ni, especialmente, si volverá a suceder, hace que la gente viva en un estado permanente de histeria. Al mismo tiempo, al calor de esta incertidumbre y vacío que dejó la Marcha nacen sectas que buscan aprovecharse de la gente vulnerable, como el Remanente Culpable. En The Garveys at Their Best, el capítulo analepsis, vemos cómo Laurie, otrora una psicóloga pragmática, se queda sin respuestas tras presenciar la partida de forma incuestionable, o cómo Tom, que se muestra como un chaval risueño y familiar, termina con el rostro desencajado tras ver cómo un estudiante del instituto de su hermana desaparece frente a él y, en un ralentí muy oportuno, vemos cómo las dudas que le llevarán a caer en el discurso salvador del Santo Wayne empiezan a dibujarse en su rostro.

A medida que avanza la temporada vemos cómo crece la tensión entre el Remanente Culpable y los habitantes de Mapleton, cada vez menos dispuestos a consentir el acoso y el robo que perpetran estos. En un intento por cortar el problema de raíz, un sonámbulo Kevin golpea y secuestra a Patti Levin, líder del RC, y la lleva a una cabaña abandonada. Una vez vuelve en sí, Kevin descubre cómo es Patti quien tiene el control, pues cuando se ofrece a dejarla marchar es ella quien objeta que, de hacerlo, lo denunciará y destrozará su vida. Tiene lugar entonces uno de los momentos más emotivos de la temporada, en el que por medio de un poema de William Butler Yeats (Él desea la paz de su amada) Patti se asegura de que Kevin ha entendido lo que ocurre desde el punto de vista del RC, para acto seguido suicidarse. No será hasta mucho después que entenderemos todo esto, cuando conozcamos la verdadera naturaleza de Kevin y recojamos esta escena bajo una nueva perspectiva. En el camino de vuelta a Mapleton, un Kevin emocionado se descubre a sí mismo entendiendo las palabras de Patti al ser inquirido por Matt sobre lo ocurrido: el RC cree que el mundo terminó el día de la Marcha Repentina, que interpretan como el acontecimiento previo al Apocalipsis, y no aceptan que el resto de la sociedad lo supere. En la siguiente escena se encuentra con un Wayne moribundo y angustiado consigo mismo, que le pide que le permita concederle un deseo y así poder despejar la duda de si es un fraude. En el final de la segunda temporada veremos ese deseo cumplido, quién sabe si producto del azar o de la influencia del Santo Wayne. En esta concluimos con Mapleton sumido en la lluvia de fuego y azufre con la que termina cada temporada (al menos en alguno de los mundos), el entrecruce de las historias de la familia Garvey y el monólogo final de Nora (que ya empieza a asomar como el gran personaje de esta historia) en esa carta leída en voz en off que es un calco de la que cierra la novela. Resumiéndolo de un modo muy rudimentario, podría decirse que lo mejor de esta serie es la elección de las palabras, citadas o no, que en un orden determinado y declamadas por alguien particularmente emocionado se reciben con una musicalidad que abruma, por mucho que uno trate de mostrarse cínico o indiferente ante lo que está presenciando.


Temporada nueva, cambio de tercio. En adelante la trama se desarrollará en Jarden, un pueblo de Texas que tiene la particularidad de ser la única localidad con más de 5.000 habitantes en la que el 14 de octubre de 2012 no desapareció nadie y que a partir de este hecho es conocida con el nombre del bosque que rodea la ciudad: Miracle. Desde el primer capítulo uno puede inferir el auge de la presencia de Lindelof en la toma de decisiones, empezando por el escenario, ya que hará de este pueblo el lugar más reconocible de toda la serie. Del mismo modo que cuando uno piensa en Lost las imágenes que acuden a su mente son la escotilla, el campamento de la playa y la Roca Negra, cuando hace lo propio con The Leftovers vienen a su mente, sobre todo, el estrecho puente que, a modo de península, conecta Miracle con el resto de la civilización y la plaza del centro del pueblo, con la característica columna en la que habita Edward y una iglesia al fondo, de tamaño desproporcionado para los menos de diez mil habitantes de Jarden.

En esta temporada entran en juego los Murphys, una familia de Jarden en la que aparentemente las cosas funcionan. John, cabeza de familia, es un bombero exconvicto que vive resentido con el pueblo por la proliferación de chamanes y vendedores de ilusión que han nacido al calor de la Marcha Repentina y que combate junto a una milicia vecinal. Erika, su mujer, asiste a todo esto hastiada y planea abandonar a John. Sus hijos, Evie y Michael, son devotos, estudiantes modelo y participan activamente en la comunidad.

En un inicio desconcertante, desarrollado a través de los Murphys, vemos cómo el hecho de que en Miracle no haya desaparecido nadie el día de la Marcha Repentina, lejos de ser un aliciente para que el pueblo viva en paz, resulta ser un reclamo para miles de lunáticos que acampan a sus puertas durante años, soñando con poder cruzar el puente para sentirse a salvo, robar algún elemento de la ciudad (creyendo que está bendecido) o asistir a algún tipo de rito espiritista. Por otro lado, el propio pueblo vive con la convicción (reforzada por las hordas de turistas que los tratan como elegidos) de que han sido salvados y desarrollan taras a partir de la razón que cada uno esgrime sobre por qué fueron salvados: desde una muchacha que luce a diario su vestido de boda porque lo llevaba puesto el día de la partida hasta Jerry, un perturbado al que encarcelaron el 14 de octubre por sacrificar a una cabra y que ahora lo hace a diario en connivencia con un vecindario que antes lo repudiaba. En definitiva, viven repitiendo el dogma de que son 9.261, los mismos que antes de la Marcha Repentina, y han sido salvados.

Tras la llegada de los Garveys y la desaparición de Evie, la trama toma un cariz de thriller que se prolongará durante toda la temporada, puesto que no se aclara lo sucedido hasta el último capítulo. La primera mitad de la temporada presenta la evolución de los Garveys más allá de Mapleton. Por un lado, Kevin debe lidiar con Patti, que de algún modo pervive incrustada en su mente. Por otro lado, Nora intenta reconstruir la familia que tenía, haciéndose cargo de la mochila de problemas que trae Kevin, apoyándole con firmeza pese a su actitud distante y encuentra en Erika a una amiga con la que intercambiar intimidades, palabras duras y pedradas en en las ventanas de sus casas. Mientras, Jill, que sospecha desde el principio que la actitud de su padre es una huida hacia delante y que no tiene verdadera intención de formar una familia, asiste como una espectadora que, sin entender lo que ocurre, ve cómo los acontecimientos terminan por darle la razón. En paralelo, Tom y Laurie tratan de reconstruir la relación maternofilial a la vez que desarrollan su activismo y terapia anti-RC, que terminará frustrado tras el suicidio de una paciente considerada reconvertida. A partir de este punto, asumen que quienes se unen al RC adolecen una serie de carencias emocionales que de algún modo se satisfacen con lo que el RC ofrece y que para traer de vuelta de la secta a los menos fundamentalistas deben ofrecer algo que sirva de placebo. Es Tom, quien precisamente adolece las mismas carencias afectivas que cualquier acólito del RC, el que opta por continuar la estela de Wayne y empieza a imitar su método de sugestión, incluyendo los abrazos sagrados.


Este intento de contraprogramar al RC dura lo que tarda Megan en ser consciente de su existencia. Megan, que en la temporada anterior parecía un fichaje del RC cogido con pinzas por su incapacidad de adaptarse a la dinámica del grupo, se revela como una líder tan integrista como lo fue Patti, aunque desde una lógica opuesta: si esta canalizaba todas sus acciones desde un rechazo absoluto a la violencia, a través del estoicismo, Megan propone una clase de acoso mucho más invasivo y directo, que no desdeña la violencia y que la lleva a tener que responder por sus movimientos ante las esferas superiores del RC, que asisten inquietos a la adhesión de distintos sectores de la secta a esta nueva corriente. Una vez Megan es consciente de que la fuga de miembros se debe de nuevo a los actos de Tom, acude a una de sus charlas y lo deja intrigado con su personalidad y propuesta al asegurarle que ella puede hacer lo que él vende (liberar a la gente de su dolor) pero de verdad. Esto termina por romper la delicada cuerda en la que se apoyaba Tom desde que abandonó a Wayne y, dolido con Laurie por la manera en que esta lo ha expuesto sin hacerse cargo de su sensibilidad, la abandona para intentar ser parte del movimiento de Meg, quien rechaza esta posibilidad pero accede a llevarle de vuelta con su familia a Jarden, pues también se dirige allí para culminar el atentado que prepara para la conmemoración del cuarto aniversario de la Marcha Repentina. Llegado el día, vemos que esto se traduce en que Evie, desaparecida y dada por muchos como ascendida, reaparece en el puente que da acceso a Jarden amenazando con volarlo y generando una confusión entre la policía del lugar que permite al RC organizarse y asaltar la ciudad, acompañados por el gentío que acampaba a las puertas.

Repasando los hechos retrospectivamente podemos focalizar en Virgil, el padre de Erika, la desgracia de los Murphys. Parece ser que Virgil violó a John en su infancia (Jarden es un pueblo pequeño y esto sería plausible) en vista de que este comenta que le disparó en «la maquinaria sucia bajo su cintura». En consecuencia, John fue a la cárcel cuando Evie y Michael tenían cinco años. Evie, según cuenta Michael en la anécdota del baño que inundan, empezó a desconectar de su familia por entonces, ya que no entendía por qué su padre había intentado hacer eso y por qué ya no estaba. Seguramente estas carencias, unidas a su contacto con Meg previo a los acontecimientos de la primera temporada, crearon un caldo de cultivo que finalizó con su adhesión al RC. En todo caso, en el presente Virgil cuenta con el perdón de Michael, que conoce toda la historia y aún así le acompaña en sus ratos libres.

En otro orden de cosas, Virgil termina siendo fundamental (esta vez de una manera positiva) al ayudar a Kevin a deshacerse de Patti. Cuando le señala la naturaleza de su problema, le indica que «no puede deshacerse de Patti en este terreno, sino que debe ir al de ella». En esta conversación Patti queda definida como un adversario poderoso y se sugiere que es la causante del terremoto que evitó el suicidio de Kevin al inicio de la temporada, quien en realidad buscaba de este modo poder confrontarla. Virgil defiende este método poniéndose a sí mismo como ejemplo, puesto que él murió (asesinado por John Murphy) y derrotó a su enemigo, el que tal vez le animaba a llevar una conducta tan sórdida, y renació. Se sabe un ser sensible, reconoce lo propio en Kevin, ya que lo fue a buscar al Centro de Visitantes cuando llegó a Jarden y le anima a seguir sus pasos. Después de pensarlo un rato y jugar al despiste con Patti, quien juega un farol y le anima a seguir las indicaciones de Virgil, termina entreviendo su lógica y, convencido, se suicida.

Suena el Coro de los esclavos hebreos, música que en adelante nos anticipará que estamos en el Purgatorio, y Kevin despierta en la bañera de una habitación de hotel que servirá de campo de batalla entre él y Patti. Vemos que este hotel también lo habitan Mary Jamison, quien recibe flores por su reciente embarazo, y el Santo Wayne, cuyo rol es el de guardaespaldas de Patti. En el armario de su habitación, una chapa le indica que debe escoger un rol. Dentro hay cuatro atuendos: policía, cura, miembro del RC y un traje elegante. Elige el traje elegante y no pasan muchos minutos hasta que descubre que el rol elegido es el de Kevin Harvey, un asesino internacional enviado para matar a la senadora Patti Levin en su campaña hacia la presidencia. Kevin, que nunca ha ido sobrado de CI, acude dopado a esta contienda, ya que es asistido por Virgil, que en un último acto de redención se ha suicidado para poder asistirle, y por su padre, que se las ingenia para poder llegar comunicarse con él desde Australia. Ambos le indican que para ser liberado de este mundo debe matar a Patti, cosa que hace sin demasiado esfuerzo y al poco se da cuenta de que ha usado un señuelo, que la verdadera Patti se esconde bajo el avatar de una niña que lo espera en la habitación contigua. Viajan hasta un Jarden abandonado y en el puente se ven asaltados por Dios, quien pone a prueba la voluntad de Kevin y, tras dar fe de su determinación, le susurra al oído que es el hombre más poderoso del mundo.

Cruzado el checkpoint de Dios uno empieza a vislumbrar que la contienda no es contra Patti sino contra el propio Kevin, contra los límites de sus escrúpulos, ya que el dilema que ha escogido Patti (que siempre lo ha considerado flojo) para canalizar el duelo implica que Kevin debe matarla tres veces en sus distintas formas: como senadora, como niña y finalmente como líder del RC. Como senadora juega la baza de la seguridad física que le proporciona su posición, como niña apuesta por la sensibilidad de Kevin y finalmente como la líder del RC que Kevin conoció en vida, sabiéndose ya perdedora del duelo, narra una historia emotiva del momento en el que descubrió el poder del silencio, que termina de enmarcar a un personaje trágico. Finalmente, reconoce estar asustada y Kevin, conmovido, la arropa y la ahoga en lo que termina siendo un asesinato lleno de ternura.

De vuelta en Jarden, Kevin se despierta a la vez que un terremoto sacude la tierra y le permite desenterrarse, ya que Michael, pasadas ocho horas de su muerte, decidió darle sepultura al no creer que fuera a regresar. A partir de este hecho ya queda claro que Kevin no puede morir; de hacerlo, le asistirá el fenómeno natural necesario para revertirlo. Sin embargo, no pasa mucho tiempo hasta que fallece de nuevo, ya que a su retorno al hogar se encuentra con John Murphy, quien lo lleva a la perrera contigua al Centro de Visitantes para interpelarle sobre la prueba que ha recabado que señala a Kevin como participante en la desaparición de su hija y, al no convencerle sus respuesta, le dispara en el pecho y lo deja desangrándose. De nuevo se despierta en la bañera del hotel purgatorio, al son del Coro de los esclavos hebreos, en una estancia que será mucho más corta, quizá por el hecho de que esta vez no ha de combatir a nadie. A la hora de elegir indumentaria, escoge esta vez interpretar el rol de policía y acto seguido lo llaman de recepción, requiriendo su presencia como agente de la autoridad para disolver un conflicto en el bar del recibidor. En el bar no aguarda ningún conflicto, sino Dios, quien de nuevo pone a prueba su voluntad: para volver a casa ha de cantar en el karaoke del bar. Kevin, sintiéndose en inicio ridículo, termina interpretando Homeward Bound lleno de elocuencia, asimilándola con recuerdos de su familia y su actitud que convergen en su deseo, que no es otro que volver a casa y encontrar a su familia unida.

De nuevo en el mundo real, Kevin se despierta en la perrera en la que lo asesinó John y en la que todavía se encuentra su perro, pasando la cuarentena obligatoria de las mascotas que llegan a Jarden. Tras liberarlo y salir con él, el perro lo mira un momento como a un extraño y se aleja de él. Mi teoría es que, en el camino de resucitar dos veces, Kevin cambia su hash y el perro lo abandona, como un sistema que pierde confianza con el dominio. Perdón. De camino a la ciudad, asiste a la devastación que ha provocado la invasión de la ciudad por parte de la muchedumbre que acampaba a las puertas, de la mano del RC. Si bien de entrada cabría pensar que un tema como Nova (Kyabe Knights) no pega en una serie intimista como esta, lo cierto es que se acopla perfectamente a la situación de Jarden, corrompido su espíritu impertérrito, en un simbolismo de la Sodoma moderna que, al igual que Miracle, sería arrasada por fuego y azufre. Por el camino tiene tiempo para reconciliarse con John, a quien le aflige la posibilidad de volver a su casa y descubrir que su mujer lo ha abandonado, a lo que Kevin responde que en tal caso vaya a la suya. En su retorno al hogar vemos cumplido el deseo que le concedió Wayne al final de la temporada anterior: Tom, Lily, Matt, Mary, Laurie, Jill y Nora están juntos, esperándolo. Su familia estaba al completo de nuevo, como antes de la Marcha Repentina. Había vuelto a casa.


Tercera y última temporada. Ocho capítulos, a cada cual más loco, que terminan de elevar a los altares a esta serie. El prólogo inicial nos sitúa en una aldea australiana en 1844, donde a través de una breve historia autoconclusiva asistimos al fervor cristiano de una madre que espera la Ascensión en cada una de las fechas en las que se anuncia, sin perder un ápice de tesón aunque su familia la abandone por su fanatismo o el pueblo se aleje de ella como de una demente. Este relato termina con la madre refugiándose en una iglesia junto a otros devotos tras otra decepcionante noche en vela, momento en el que un travelling en forma de elipsis expresiva nos lleva dos siglos hacia delante con los homólogos de los cristianos en el presente, el RC. La trama se reanuda el mismo día en que finaliza la anterior, como en el paso de la primera temporada a la segunda. Vemos cómo el gobierno decide terminar con el RC (o al menos con la corriente de Meg) lanzando un misil al Centro de Visitantes en el que estaban guarnecidos y, tras esto, patada de casi tres años a la historia. Estamos en 2019, a dos semanas del séptimo aniversario de la Marcha Repentina. Nora ha perdido a Lily, que fue reclamada de nuevo por Christine, su madre biológica, y ha vuelto a las andadas con lo del autosabotaje, como en la primera temporada antes de conocer a Wayne, esta vez rompiéndose el brazo para ocultar un tatuaje de sus hijos del que se arrepintió el mismo día. Kevin, por su parte, descubre que Matt, Michael y John han escrito un nuevo evangelio para incorporar a su fe sobre su vida, basándose en los acontecimientos extraordinarios de la segunda temporada, principalmente sus dos resurrecciones. Matt, artífice de todo esto en connivencia con Kevin Sr, sostiene que Jarden es el lugar más seguro del planeta ante los posibles eventos del séptimo aniversario de la Marcha Repentina, ya que desde la perspectiva bíblica los siete años desde un acontecimiento son un valor recurrente y si resta alguna desgracia de la Partida Súbita ha de ocurrir entonces.

Vaya por delante que (en mi opiñón) esta temporada es la mejor de las tres, pero se le pueden sacar un par de peros: por un lado, la reutilización de los créditos de apertura de la segunda temporada, de los que únicamente cambian la banda sonora. Los de las dos primeras estaban bárbaros, habría estado bien que la tercera contase con un opening propio. Por otro lado, el personaje de John, otrora un alfa enemigo del misticismo y ahora un devoto pusilánime más, que rechaza la posibilidad de que Evie haya muerto aunque las pruebas forenses así lo indiquen, ya que según él si desapareció voluntariamente una vez pudo volver a hacerlo esta. Lo cierto es que, bien sea a causa de la terapia de Laurie o por la fe a la que le acercan su hijo y Matt, uno no puede evitar echar de menos esa personalidad de villano carismático.

«Australia es el fin del mundo geográficamente y nuestro espectáculo es sobre el final del mundo emocionalmente». Con estas palabras justifica Lindelof la elección del escenario para la última temporada, una vuelta de tuerca a las pequeñas comunidades estadounidenses a las que estábamos acostumbrados. Nos llevan hasta aquí las historias de Nora y el padre de Kevin, ambas por motivos distintos. Kevin Sénior lleva en Australia desde el inicio de la segunda temporada, guiado por la voz que escucha que se asemeja a la Patti que acompañaba a Kevin después de muerta. Allí se centra en la búsqueda de un propósito, aunque tenga que forzarlo. Cuando un pollo considerado sagrado por unos hippies picotea una antigua cinta suya, grabada con su hijo durante un road trip en Canadá, toma esto como una señal y decide guiarse por lo que el infante Kevin le dice en la cinta, que cante para detener una lluvia intensa. Decide concatenar esto con el cercano aniversario de la Marcha Repentina y decide creer que es el elegido para evitar un nuevo diluvio universal. Para ello ha de contactar con los aborígenes australianos y aprender una canción sagrada que será la que detenga la inundación. Nora, a su vez, es contactada por un representante de una organización que asegura haber inventado un medio de teletransporte que permite llevar a cualquier persona al mismo lugar al que fueron los desaparecidos en la Marcha Repentina. En inicio finge estar interesada en realizar ese viaje y accede a viajar a Australia, acompañada por Kevin, con la única intención tomar contacto con la organización para desmontarla, pues no tiene dudas de que se trata de una treta como con las que está acostumbrada a lidiar día a día.

A partir del tercer episodio todos los personajes, a excepción de Tom y Jill (cuya participación esta temporada es testimonial) se encuentran en Australia, ya que Matt, Michael y John se han subido a un avión para traer de vuelta a Kevin a Jarden para el aniversario de la Marcha Repentina. Mientras, Kevin Sr. vaga perdido por el desierto, confiando su rumbo a los comentarios genuinos de su hijo en la cinta, buscando con desesperación cualquier saliente al que asirse. Finalmente, exhausto y enfermo, termina echándose a descansar apoyado en una cruz que alguien ha erigido en medio de la nada. Esto nos introduce al personaje de Grace, la Nora Durst de ultramar, que rescata y acoge a Kevin Sr. Como Nora, Grace también perdió a su familia el 15 de octubre (en Australia fue un día después), aunque de un modo muy diferente: mientras estaba en la ciudad, en un centro comercial, sucedió la Partida Súbita y no pudo regresar a su casa, un rancho en medio de la nada, hasta la noche siguiente. Al llegar vio que tanto su marido como sus cinco hijos, como presentía, habían desaparecido, por lo que los dio por partidos. Pasados dos años, las autoridades le informan de que se han encontrado los huesos de cinco niños en tierras de su propiedad. Es entonces cuando ata cabos y conjetura lo ocurrido: al estar las líneas telefónicas caídas durante la Marcha Repentina, sus hijos no tenían modo de saber si ella había desaparecido al igual que su padre, de modo que se echaron a caminar solos a través de las llanuras del vasto desierto australiano. Grace levantó una cruz en el lugar donde encontraron los huesos y desde entonces vive angustiada por ni siquiera haber considerado buscarlos. A partir de una funesta elucubración sobre un fragmento del evangelio de Matt que llevaba Kevin Sr. consigo cuando lo encuentra, en el que habla de la resurrección de un jefe de policía local llamado Kevin tras ahogarse y liberar a los muertos de su dolor, termina ahogando al sheriff local de su comunidad, también llamado Kevin, pensando que la estaba poniendo a prueba y que, tras resucitar, le ayudaría a contactar con sus hijos de nuevo. El veterano Garvey, comprensivo, la saca de su equívoco señalando que únicamente se trata del Kevin incorrecto.

A su llegada a Melbourne Nora es citada por la organización encargada de organizar las partidas para hacerle un examen médico y psicológico previo a la suya. Conoce a las doctoras Eden y Bekker, que terminan desestimando su «candidatura» en la última fase del test, que consiste en un dilema que nos retrotrae el anterior capítulo, donde un hombre se incinera ante Kevin Sr. por el mismo motivo. La pregunta consiste en si estaría conforme con la muerte de un bebé si a cambio el gemelo de este descubriera la cura del cáncer. Nora responde que sí y parece ser la respuesta errónea; sin embargo, el hombre que se quema a lo bonzo frente al padre de Kevin respondió que no, por lo que no parece esta una pregunta booleana. Más tarde, con ayuda de Matt y Laurie, Nora consigue encontrar el hogar de las físicas que la evaluaron y seguirlas hasta una parada de camiones, que resulta ser la ubicación de la infraestructura móvil que usan para «ascender» a la gente. Mientras todo esto ocurre, Kevin, desde la habitación del hotel en el que aguarda el regreso de Nora, ha creído ver a la difunta Evie en un programa en directo y persigue por toda la ciudad a una joven que ni siquiera guarda parecido con ella. No es hasta hablar con Laurie que, mediante una terapia improvisada, le ayuda a ver lo sucedido: ha proyectado a Evie sobre una extraña de manera inconsciente porque en realidad entiende porque ella abandonó a su familia y huyó, que es lo que lleva haciendo él desde antes de la Marcha Repentina. A su vuelta al hotel discute amargamente con Nora en un cruce de reproches sin sentido, desde la entrega en adopción de Lily hasta el evangelio de Matt, que terminan con Kevin perdiendo el control (acusando a Nora de buscar que la gente sienta lástima por ella) y, como siempre, huyendo.


En el camino de llegar a Melbourne para reunirse con Kevin, Matt, Michael y John se suben a un ferry que cubrirá el camino desde Tasmania. En este ferry viaja también, no por casualidad, David Burton, un nombre propio que merece un capítulo aparte, ya que Damon ha ido dejando suficientes easter eggs desde el inicio de la segunda temporada como para que llegados a este punto tengamos una idea completa sobre él. La primera vez que vemos este nombre es en una carta que Edward, el hombre que habita la columna de la plaza del centro de Jarden, le da a Michael con dirección a Sídney. Posteriormente, en el apartamento en el que Laurie y Matt residen por un tiempo, suena de fondo en las noticias la historia de un hombre llamado David Burton que se creía muerto y emergió de una cueva en Perth diciendo que había estado en un hotel. En el mismo capítulo es mencionado de nuevo por el hombre que entrevista a Laurie para editar su libro, quien se refiere a él como «ese loco de Australia que dice que fue al otro lado y que no puede morir». Es en el ferry cuando establecemos el nexo definitivo: David Burton es Dios, pues presenta el mismo aspecto físico que cuando se le apareció a Kevin en sus dos visitas al Purgatorio. No es algo que oculte, de hecho va repartiendo flyers a todo el que se lo pregunte para así evitar hablar con ellos, ya que no es amigo de socializar. Matt ve esto como un acto blasfemo y lo encara, pero termina abrumado ante su convicción y la manera en que le cala, del mismo modo que Wayne hizo con Nora. Burton afirma ser responsable de la Marcha Repentina, argumentando que lo hizo simplemente «porque podía». Cuando Matt le interroga sobre una razón que de sentido a todo aquello que no está concretando, Burton contrapregunta por qué necesita una razón, a lo que Matt contesta aludiendo a que bajo toda su labor benéfica subyace una razón y es él, Dios. Es entonces cuando David le indica que todo cuanto ha hecho lo ha hecho porque pensaba que él (Dios) le estaba observando y juzgando, pero él no se dedica a eso. Termina acusándole de no haber hecho nunca nada por él, sino que lo hizo por él mismo. Matt encaja el golpe preguntando si es entonces por ello que se está muriendo de cáncer, obteniendo un asentimiento por respuesta. Al final del capítulo vemos morir a Burton a manos de un león que viajaba en el ferry, pero uno piensa que se trata meramente de atrezo.

Una vez en Melbourne, seguimos los caminos de Kevin y Nora a través de Laurie en un capítulo (el sexto) dedicado a ella y que seguramente sea el más bellamente rodado y montado de la temporada, que no es poco decir. Contado en diferentes tiempos, comienza con una analepsis de 2012, cuando tras el 14 de octubre Laurie, incapaz de seguir afrontando su vida, trata de suicidarse primero para después, tras comprobar que carece de valor, unir su vida a la del Remanente Culpable. En el presente, a su llegada a la granja de Grace, no parece encontrarse en una situación mucho mejor, ya que tras escuchar las intenciones de Kevin Sr. (quien le anuncia que han pedido a su hijo que muera de nuevo) se limita a decir «lo que sea que esté pasando aquí… quiero ser parte de ello», las mismas palabras que usó Tom con Meg cuando acudió a ella buscando un balón de oxígeno que diese sentido a su vida. Le ponen al corriente de las intenciones de cada uno sobre los motivos que les llevan a pedirle a Kevin, que ha cogido un caballo y se ha tomado el día para meditar, que muera otra vez: Grace para poder preguntarle a sus hijos por qué se echaron a andar sin zapatos, que nunca aparecieron, Kevin Sr. para completar la canción que detendrá el diluvio venidero y los Murphy aprovechan para pedirle que transmita a Evie que la quieren. En una cena que simboliza la Última Cena, la noche previa al aniversario de la Partida Súbita, los personajes adoptan el papel de los apóstoles. Kevin Sr. se ve como Pedro y otorga a Laurie el de Tomás, por su personalidad dubitativa. Laurie, sin embargo, se define como Judas, ya que es una persona que actúa con decisión: lo hizo con el propio Kevin Sr., tras contarle este que oía voces, provocando que lo encerrasen en un manicomio y lo hace ahora manipulando su comida con calmantes de perro para provocar que se duerman y así poder recibir a Kevin sola. Este vuelve con la determinación para afrontar un nuevo paso por el Purgatorio, que no es sino otra huida hacia delante de las que acostumbra. Tras una analepsis sobre la despedida de Laurie de los Jamison, concantenada de manera maravillosa con una conversación antológica con Kevin en la que Laurie no intenta disuadirle ni hacerle entrar en razón, aprovechan para contarse todo lo que se ocultaron durante el matrimonio. Laurie anuncia que no se quedará para el aniversario de la Marcha Repentina y, en un sentido adiós, Kevin le pregunta si Nora se ha ido, a lo que Laurie contesta . A lo largo de esos dos días, Laurie vive su propio viaje iniciático acompañando a los Garveys y los Jamisons. Titulada es el nombre del capítulo, en referencia a que Laurie posee el título de submarinista, actividad que Nora considera la ideal para suicidarse por la cantidad de formas distintas de las que uno puede morir practicándola. Si al principio del capítulo no tuvo valor para acabar con su vida tras el aborto que sufrió el 14 de octubre, al final no tiene reparo en subirse a un bote y echarse a bucear encima de una tormenta que antecede el diluvio universal, ya que, como le dijo a Kevin cuando preguntó si Nora se había ido, «nos hemos ido todos».

De vuelta a Kevin, es el día del aniversario y amenaza diluvio, por lo que se pone en marcha. Tras ahogarse, suena el Coro de los esclavos hebreos, señal inequívoca de que estamos en el Purgatorio. Como en la primera vez, el rol que le toca interpretar es el del señor Harvey, un asesino internacional, sólo que en esta ocasión no elige atuendo sino que el avatar le viene dado, dado que despierta en una playa en medio de una aventura ya comenzada. Cabría pensar que las dos veces anteriores despertó en un hotel porque se encontraba en Jarden, pero lo cierto es que Burton murió en Australia y también fue a un hotel. Su cometido esta vez es asesinar al presidente de los EEUU (que resulta ser su gemelo) antes de que este inicie una guerra nuclear no autorizada por el partner de Harvey, que resulta ser Dios. En el interludio en el que pasa del estanque a la bañera descubrimos que, aunque se presta a entregar los mensajes que le piden su padre y sus amigos, en realidad ha accedido a formar parte de esta pantomima para encontrar a Nora, ya que entendió de las palabras de Laurie que ya había partido. Intercalándose el sujeto narrativo entre Harvey y su gemelo presidente, terminan ambos reunidos en una sala de crisis junto a Patti, que en esta ocasión desempeña el rol de Secretaria de Defensa y se acerca un poco más al Kevin real, diciéndole «no dejas de bajar aquí». Cada descenso a los infiernos le ha permitido a Kevin descubrirse un poco más a sí mismo y, sin embargo, sigue siendo incapaz de encauzar su vida. Garvey y Harvey, por medio de un breve relato que funciona a modo de reducto emocional, hacen una lectura introspectiva sobre todas las carencias que genera su actitud en su relación con Nora. Asumida la determinación de vivir el resto de su vida sin recurrir al comodín del Purgatorio, sale al balcón con Patti a contemplar la destrucción del mundo que tantas veces ha usado para refugiarse de la realidad, y al que no volverá.

El puerto estaba vivo, lleno de caras extrañas. Había amanecido cuando se encontró a un viejo lobo de mar deseando partir con un navío al que le había quitado la barra, una patrullera con una vela bermudiana a la que llamaba «La Misericordiosa». Sus velas estaban andrajosas y rasgadas, la brújula rota y el casco podrido, el cual apenas podía romper las olas, pero sería suficiente para ponerse en marcha. No fue hasta después de una hora, cuando estaba a kilómetro y medio del muelle, que empezó a pensar en ella. La imaginó sola. A estas horas, ya habría buscado por toda la casa, encontrándola vacía. Lo había sospechado todo este tiempo, pero ahora sabía que él era un cobarde. Un cobarde vestido con el uniforme de un hombre valiente. Lo suficientemente valiente como para cruzar océanos y continentes por ella y para luchar con incontables enemigos. Y sin embargo, al final, tenía miedo. Miedo de ella, de yacer a su lado, de ser consolado mientras lloraba, de mostrarle que era pequeño y que ella lo supiese, tocase su mejilla y le susurrase suavemente palabras al oído. Todo era una pesadilla. Lo único que sabía hacer era huir. Respiró hondo, saboreando la sal en su lengua, y cerró los ojos mientras sentía la espuma a la vez que «La Misericordiosa» cogía velocidad y navegaba hacia el horizonte. Estaba solo, y todo estaba bien.

De nuevo en la parada de camiones, Nora ultima los detalles previos a su partida asistida por Matt, quien inspirado tras su charla con Dios ha reordenado sus prioridades y desestima continuar el camino de Laurie hacia el rancho de Grace. Ni Kevin ni el aniversario de la Partida Súbita importan ya, pues toda eventualidad palidece en comparación con el rumbo de su familia. Reconoce estar asustado ante lo que el futuro le depara: la vuelta con Mary, la enfermedad que le consume y el hecho de que su hijo vaya a crecer sin él. Es, sin embargo, el escenario opuesto lo que de verdad le aterra. Sobrevivir al cáncer y retomar su profesión implicaría afrontar un futuro en el que debe abordar la cuestión de tener que asistir a sus feligreses en sus dudas, un reto inasumible para alguien que perdido todo rastro de fe. Nora no encuentra más consuelo que ofrecerle partir con él, algo que Matt ni siquiera llega a considerar. Finalmente, tras una despedida agridulce, Nora se sumerge en la máquina que supuestamente la trasladará con el resto de partidos y parece gritar algo justo antes del corte abrupto que da fin a la escena.


La trama se reanuda alrededor de una década después. Seguimos en Austrlia, en un pueblo remoto en el que habita Nora, que usa el nombre de Sarah. En este episodio, el más reposado de la serie, se relatan los caminos de Kevin, Nora y sus allegados de un tiempo a esta parte por medio de la palabra en lugar de la exposición, técnica fetiche del Lindelof de The Leftovers (no así del Lindelof de Lost, que forzaba una analepsis cada quince segundos) para acercar al espectador a lo ocurrido. Kevin, después de años buscándola, consigue llegar a ella y finge que apenas la recuerda para granjearse su confianza. Acuden juntos a una boda ajena en la que repasan los últimos años. Nora se niega a participar en la ceremonia las palomas del amor, consistente en escribir un mensaje para que estas lo esparzan por el mundo, ya que ella trabaja con esas palomas y sabe que apenas se alejan unos kilómetros del nido. En la boda usan también una cabra para otro rito, que parte de la tradición bíblica en la que se designaba a una cabra para que vagase por el desierto con los pecados de la comunidad sobre ella. Estos pecados se simbolizan en unos collares que portan todos los presentes y que en el cuello de la cabra para de este modo expiarse. Tras bailar unos minutos con Kevin abandona el evento, incapaz de seguir manteniendo el rol de desconocida. En el camino de vuelta a casa se encuentra a la cabra de la boda atrapada en una cerca, en lo alto de una pendiente. En una escena cargada de simbolismo, libera la cabra y carga ella misma con los collares, como si purgando los pecados de los demás tratase de redimir los suyos propios. Al amanecer es visitada de nuevo por Kevin, que abandona el juego del despiste para contarle la verdad acerca de cómo la encontró. Nora corresponde a esta sinceridad con un bello relato que termina de sublimar su personaje. «Siempre va a haber chalecos antibalas, abrazos de hombre santos, tatuajes que cubrir. Pero esas sólo eran formas de lidiar con lo que perdí». Refiere haber estado en el otro lado, allá donde cruzaron los desaparecidos: un mundo que es una copia de este, en el que el 2% de la población vio cómo se desvanecía el 98% restante ante él. Consiguió llegar hasta sus hijos y su exmarido, pero no llegó a irrumpir en su vida, puesto que los vio felices junto a su nueva madrastra, sin señales de adolecer la herida que ella no conseguía cicatrizar. Sintiéndose un fantasma, desplazada en esta nueva realidad, encontró la manera de regresar. Termina indicándole que no se puso en contacto con él porque sabía que jamás la creería. Kevin, sin embargo, rebate que sí la cree, aduciendo que está allí con él. «Estoy aquí», corrobora Nora, en las que son las últimas palabras de esta historia. Mientras suena por última vez Departure vemos, en un plano del exterior de la casa, cómo la cabra de la boda se aleja y al mismo tiempo regresan las palomas de su periplo por el mundo repartiendo mensajes de esperanza.

The Leftovers es una historia honesta de principio a fin. Ni un sólo capítulo rezuma paja, y todas aquellas falsas pistas que a Lindelof le gusta sembrar no son gratuitas: algunas serán recogidas y ensambladas por un espectador atento que más adelante le dará sentido y otras simplemente se enmarcan como parte de una historia en la que las respuestas son la interpretación de cada uno. Que esta temporada está centrada en la historia de amor entre Nora y Kevin se empieza a atisbar cuando el RC es liquidado sin adornos en los prolegómenos de la misma. Con el principal antagonista fuera del tablero y con John convertido en un beta, el foco se sitúa sobre ellos para que puedan, al fin, desarrollar su relación. Esta temporada, que se inicia con El libro de Kevin y finaliza con El libro de Nora, es sin duda la mejor de las tres, y no en vano es en la que mayor protagonismo tiene Nora. Aunque a muchos ya nos fascinaba la interpretación de Carrie Coon, no es hasta este tercer acto que su personaje evoluciona hasta el punto de ser el protagonista principal, quien está finalmente bajo el halo de los acontecimientos cuando la cuestión definitiva se dirime. Algo completamente inesperado, pues hasta entonces había pasado completamente desapercibida en las cuestiones místicas, como un depredador entre la maleza, principalmente por su personalidad pragmática y eminentemente lógica.

¿Es cierta la historia de Nora? El final deja abiertas ambas posibilidades, dando razones convincentes para lo que uno elija creer. Cabría pensar que es falsa porque no tenemos más evidencias que el relato de Nora para creerla y su historia invita a la susceptibilidad. Un recorrido de Australia a EEUU en un mundo habitado por un 2% de la población se antoja poco menos que imposible. Asimismo, aunque hubiese conseguido llegar, mayor escollo habría sido encontrar al creador de la máquina y convencerle de que hiciera otra para regresar, como si (de ser esto posible) fuera un camino vedado para cualquier otro de los que siguieron sus pasos. De igual modo, explicaría el gesto de contrición al cargar sobre sí los collares que simbolizan los pecados de los hombres, intentando de esta manera purgar los suyos propios al haber elegido acomodarse sobre una historia ficticia en la que encuentra paz. En una entrevista posterior a la tercera temporada, Justin Theroux reconoció creer que el relato de Nora es falso, y que su personaje Kevin así lo interpreta, pero que después de tantos años buscándola no le importa, ya que finalmente están juntos y eso es cuanto aspira. Del mismo modo, existen razones para creer en Nora, y la principal la da el creador de esta historia. En un reportaje realizado por Vulture, que narra cómo se confeccionaron las historias y el rodaje de la tercera temporada, Damon cuenta una anécdota sobre el episodio piloto, en el que pidió que grabasen una toma de la escena en la que el bebé desaparece del asiento trasero del coche pero al revés, siendo la madre la que se desvanecía. No les dio tiempo o se encontraron con el muro de Perrota, quien a buen seguro ha actuado de contención ante muchas ideas del soñador Lindelof. Tom nunca habría consentido, por más que el timón haya estado en manos de su socio, un flashback de Nora recorriendo las calles del mundo paralelo. En todo caso, la intención final fue dejar la certeza o la falsedad del relato a juicio del espectador. Tal y como reza el estribillo de la canción que acompaña los créditos de apertura en la segunda temporada y que regresa con toda la intención para introducir el último episodio, let the mystery be.